Ganar la Guerra de la Adoración

La guerra. La guerra nunca cambia.” – (Bethesda Game Studios. (2008). Fallout.)

Hoy se libra una guerra que precede a la propia historia de la humanidad. Mucho antes del auge y la caída de los imperios, antes de que se estableciera el primer reino y antes de que la humanidad diera su primer respiro, este conflicto ya había comenzado. Ha alimentado rebeliones, fracturado naciones, dividido familias, perturbado corazones y engañado a innumerables almas. Su campo de batalla se extiende por todas las generaciones, todas las culturas y todos los rincones del planeta. Sin embargo, esta guerra no se libra con balas, bombas ni ejércitos. Se libra en el corazón y la mente de los hombres. Todos los días, todas las personas se enfrentan a ello. Cada decisión que tomamos se convierte en parte de la lucha. Esta es la guerra más antigua que existe. Es la guerra que subyace a cada ídolo, a cada tentación, a cada falso dios y a cada afecto que compite en nuestros corazones. Es la guerra por tu adoración.

Apocalipsis 12:7 revela un conflicto que culminó con la expulsión de Satanás del cielo. Derribado a la tierra, el gran engañador continúa con la misma rebelión que ha caracterizado su propósito desde el principio: la búsqueda de la adoración que solo pertenece a Dios. La primera guerra no se libró en un campo de batalla. La primera guerra no se libró en una nación. La primera guerra ni siquiera se libró en la tierra. La primera guerra se libró en el cielo, y en el centro de esa guerra estaba la adoración. Lucifer deseaba algo que nunca le perteneció. Deseaba el trono de Dios. Deseaba la gloria de Dios. Él anhelaba la adoración de Dios. El libro del Apocalipsis nos dice que la guerra en el cielo no era por territorio, ni por recursos, ni por dinero. Esta guerra era por recibir adoración. Cuando Lucifer perdió el cielo, trajo esa guerra a la tierra. La batalla que se libró en el cielo ahora se libra en la misma habitación donde usted está leyendo esto.

Esta batalla se aborda con mayor detalle en Lucas 4:5-8. En el desierto, Satanás confrontó a Jesús con una oferta sorprendente. Mostrándole los reinos del mundo, declaró: “Pues si tú adorares delante de mí, serán todos tuyos.” (Versículo 7). En esencia, esta tentación tenía que ver con la adoración. La respuesta de Jesús revelo la esencia del conflicto. “…Vete de mí, Satanás, porque escrito está: A tu Señor Dios adorarás, y á él solo servirás.” (Versículo 8). Cristo responde con la verdad eterna de que la adoración pertenece exclusivamente a Dios. La batalla en el desierto revela que el mayor objetivo del enemigo no es simplemente hacer pecar a la gente, sino desviar su adoración. Toda tentación, todo engaño y todo afecto rival busca, en última instancia, destronar a Dios en el corazón de su creación.

La lucha por tu adoración continúa hoy con fuerza. La pregunta que se nos plantea es la misma que resonó en el desierto: ¿Quién ocupará el trono de tu corazón? Aquello que capture tu devoción exigirá tu lealtad y se convertirá en el objeto de tu adoración. La batalla siempre ha girado en torno a la adoración, y sigue siendo el conflicto fundamental de cada generación. Cada día se libra una batalla por nuestra atención, nuestro afecto, nuestra devoción y nuestra adoración. El enemigo la desea. El mundo la desea. Incluso nuestra propia naturaleza humana la desea. Sin embargo, solo uno la merece, y su nombre es Jesucristo. Él es el único digno. ¡Aleluya! “…El Cordero que fué inmolado es digno de tomar el poder y riquezas y sabiduría, y fortaleza y honra y gloria y alabanza.” (Apocalipsis 5:12). Él es el único que merece nuestra lealtad absoluta, nuestro más profundo afecto y nuestra máxima devoción.

Fíjense en lo que Satanás quería allí en el desierto. No le pidió dinero a Jesús. No le pidió sacrificios. No le pidió que le sirviera. Le pidió adoración. ¿Por qué? Porque la autoridad fluye de la adoración. La lealtad fluye de la adoración. Satanás comprendió lo que muchos aún no entienden hoy en día: aquello a lo que rindes adoración, al final recibe tu vida. El enemigo le ofreció a Jesús los reinos del mundo por un simple acto de sumisión. Y sigue ofreciendo fama, éxito, placer, influencia y aceptación a cambio de adoración. La tragedia reside en que muchos venden su adoración por mucho menos. Algunos la intercambian por un sueldo. Otros por relaciones. Otros por popularidad. Otros por placeres pasajeros que no satisfacen y que no perduran. Aquí vemos a Jesús oponiéndose a esta oferta y, al mismo tiempo, demostrando una poderosa verdad y dándonos ejemplo. Cualquier cosa que se obtenga a costa de la adoración es demasiado cara.

Jesús contesto, “…Vete de mí, Satanás, porque escrito está: A tu Señor Dios adorarás, y á él solo servirás.” Antes de que Cristo realizara un solo milagro, antes de que abriera los ojos de los ciegos, antes de que alimentara a multitudes, antes de que resucitara a Lázaro, ¡Jesús ganó la batalla por la adoración! La victoria precedió al poder. La adoración precedió a los milagros. La rendición precede a la autoridad. El orden de Dios nunca ha cambiado. Primero la adoración, después el poder. Lucifer jamás lo comprendió. Hay quienes desean poder sin rendición. Muchos anhelan bendiciones sin devoción. Otros buscan milagros sin adoración, pero Dios no obra de esta manera. Si deseamos ver el poder de Dios manifestarse y los milagros que solo Él puede realizar, como su Cuerpo debemos regresar al corazón de la adoración: una adoración que lo exalta como Cabeza de la Iglesia; una adoración que solo Él es digno de recibir.

La adoración no es simplemente algo que le ofrecemos a Dios; la adoración es la respuesta natural para ver a Dios por quien Él realmente es. Isaías vio al Señor alto y sublime, y clamó: “…Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos…” (Isaías 6:3). Tomás miró a Cristo resucitado y declaró: “…¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28). Juan vio a Jesús glorificado en Patmos y escribió: “Y cuando yo le vi, caí como muerto á sus pies…” (Apocalipsis 1:17). A lo largo de las Escrituras, el patrón se repite. Cuando uno se encuentra con la majestad de Dios, la adoración es inevitable. Nadie lo ha visto jamás y ha permanecido en silencio. Repito, nadie lo ha visto jamás y ha permanecido en silencio. El problema de nuestra generación no es que hayamos olvidado cómo adorar, sino que hemos olvidado dónde buscar. La adoración en su forma más pura no es egocéntrica, ni está dirigida por el hombre, ni se obsesiona con los resultados; está centrada en Dios, dirigida por Dios y glorifica a Dios.

La batalla por tu adoración es tan feroz porque el diablo sabe que no puede impedirla; solo puede desviarla. Si no puede destruirla, intentará desviarla. Si no puede desviarla, intentará corromperla. Demasiadas personas se han fascinado más con la mano de Dios que con su rostro. Podemos llegar a celebrar más sus dones que su gloria. Buscamos lo que Él puede hacer por nosotros en lugar de simplemente contemplarlo por quien es. El resultado es una generación que se emociona con los milagros, pero permanece impasible ante la majestad del Señor Dios Todopoderoso. En algún momento, muchos han convertido la adoración en una transacción. Adoramos para que Dios nos sane. Adoramos para que Dios nos bendiga. Adoramos para que Dios responda nuestras oraciones. La verdadera adoración va mucho más allá de lo que pueda suceder como resultado de nuestra adoración. ¡La verdadera adoración es una respuesta a la revelación de quién es Cristo! Cuando lo vemos tal como es, la adoración se vuelve inevitable.

Imagina que mañana todos los milagros cesaran. Imagina que todas las oraciones quedaran sin respuesta. Imagina que no hubiera ninguna señal visible ni ningún avance inmediato. ¿Seguiría siendo digno? La respuesta es sí. Sí. Mil veces sí. La dignidad de Dios no se determina por su actividad. Su Iglesia no necesita una mayor fascinación por los milagros. La Iglesia necesita una visión más profunda de Cristo. Cuando realmente lo veamos —su santidad, su poder, su misericordia, su belleza, su sacrificio, la gloria de su resurrección— dejaremos de preguntarnos qué tan poca adoración podemos ofrecer y aun así recibir algo de Él, y comenzaremos a preguntarnos si alguna vez podríamos darle lo suficiente.

Cuanto más clara sea nuestra visión de Cristo, más natural será nuestra adoración. Cuando contemplamos su santidad, adoramos. Cuando reconocemos su misericordia, adoramos. Cuando comprendemos su sacrificio, adoramos. Cuando experimentamos su gracia, adoramos. Cuanto más nos acercamos a Jesús, más fuerte debe ser nuestra adoración. No en volumen, sino en devoción, en entrega, en obediencia, en gratitud a nuestro Dios. Porque la adoración no surge de la emoción, sino que es la respuesta de un corazón que ha visto al único digno. ¿A qué le rindes adoración hoy? ¿Quién está ganando la batalla por tu adoración?