Un Solo Parecer

Un mismo parecer. Este es un concepto tan simple, pero muy difícil de poner en práctica con nuestras propias capacidades humanas. Sin embargo, sabemos que, con el Espíritu del Señor, estar en unidad es posible. Lograremos “…que habléis todos una misma cosa [y ]… antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.” (1 Corintios 1:10) un día.

Probablemente todos hemos escuchado algunas buenas citas sobre la unidad a lo largo de los años. Me gustaría que nos centráramos en esta de A. W. Tozer:

“¿Se le ha ocurrido alguna vez que cien pianos, todos afinados con el mismo diapasón, quedan automáticamente afinados entre sí? Logran la armonía al ser afinados —no unos con otros—, sino conforme a un estándar externo ante el cual cada uno debe someterse individualmente. Del mismo modo, cien adoradores reunidos —cada uno con la mirada puesta en Cristo— están en su corazón más cerca los unos de los otros de lo que jamás podrían estar si, obsesionados con la «unidad», apartaran sus ojos de Dios para esforzarse por lograr una comunión más estrecha.”

Debemos alcanzar el estándar que el apóstol Pablo nos trazó en Filipenses. —“… vamos por la misma regla, sintamos una misma cosa” (3:16). Incluso nos ofrece algunas herramientas para saber cómo hacerlo. En el versículo 17, nos instruye a seguirlo a él y a los otros ejemplos que se nos han dado a lo largo de los años. En los versículos 18 y 19, nos dice que nos apartemos de aquellos que son enemigos de la cruz; estos son los que se glorían en su vergüenza y prestan atención a lo terrenal en lugar de a lo celestial. Finalmente, en el versículo 20, Pablo afirma que nuestros ojos deben permanecer fijos en nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Entonces, ¿en qué estás concentrado? ¿A qué frecuencia estás sintonizado?

Pablo, en el capítulo 2 de Filipenses, dice que, si queremos agradarle a él y, en última instancia, agradar a Dios, debemos “…sintáis lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Verso 2). Existen dos palabras en griego para referirse a «un mismo sentir»: *sumpsuchos*. *Syn* —que significa «junto con»— y *psychos* —que significa «alma», «el yo», «vida interior» o «la sede de los sentimientos, los deseos y los afectos»—. Por lo tanto, «un mismo sentir» —o «unánimes»—, en este caso, alude a estar unidos en espíritu. Esta es la única aparición de esta palabra en el Nuevo Testamento. Por supuesto, hemos leído la expresión «un mismo sentir» muchas veces en el libro de los Hechos. En griego, la palabra correspondiente es *homothumadon*. Significa tener una misma mente, una misma pasión, avanzar con ímpetu al unísono.

Para alcanzar el estado de «un mismo sentir», todos debemos entregarnos por completo al Espíritu del Señor y a Su Palabra. Debemos permitirle que afine nuestras cuerdas. Debemos estar en sintonía con Su diapasón.

Un piano que nunca se toca puede desafinarse rápidamente. Cuando permanece inactivo, su tabla armónica de madera se expande y contrae con los cambios de humedad, tensando las cuerdas y provocando que el tono suba o baje (Music Stack Exchange). La inactividad también hará que las teclas se pongan rígidas, y podría aparecer óxido. Entonces, ¿cómo se mantiene afinado un piano? Realizando afinaciones periódicas y tocándolo.

Puedo dar fe de ello. Mis abuelos tenían un piano que permanecía en una habitación fría, junto a una pared exterior. Este piano me fue legado tras su fallecimiento. Para mi tristeza, cuando el afinador vino a repararlo, se encontraba en un estado lamentable. Había estado expuesto demasiado tiempo a la humedad de Tennessee. Había permanecido sin usarse durante años (salvo por una breve melodía interpretada en Navidad). El afinador nos aconsejó desmantelarlo y dar un nuevo uso a su estructura de madera. Qué triste: una reliquia familiar antaño tan preciada, reducida ahora a leña.

¿Podría decirse lo mismo de nosotros? ¿Somos de doble ánimo, indecisos, zarandeados de un lado a otro, inquietos o desenfocados —desafinados, imposibles de interpretar? El Espíritu no puede quedarse en una estantería cuando tenemos un mal día o algún tipo de conflicto emocional, mental, relacional o físico. Él debe vivir en nosotros y respirar a través de nosotros, afinándonos conforme a Su estándar. ¿Qué estás haciendo con tu boca? ¿Con tu mente? ¿Con tu cuerpo? Nosotros mismos nos delatamos. Los demás saben cuándo estamos desafinados.

Isaías fue tan honesto acerca de dónde se encontraba espiritualmente. Él dijo:, “Ay de mí! soy muerto… siendo hombre inmundo de labios…” (Isaias 6:5). El ángel del Señor lo *kâphar-ed* —lo purificó, lo afinó— al colocar un carbón encendido sobre sus labios. Esta purificación significaba que sus pecados o imperfecciones quedaban cubiertos, cancelados, limpiados, anulados, perdonados o reconciliados. Ahora se hallaba cubierto, por dentro y por fuera, con una brea santa.

¿Has permitido que el Espíritu te *kâphar*? Nuestro Consejo a los Miembros es maravilloso. A través de él vemos que gran parte de nuestra labor de «descarte» debe ocurrir en nuestro interior, más que en el exterior. Algunos dirían que el Consejo se centra en lo externo (a dónde vamos, con quién nos relacionamos, qué aspecto tenemos), y esa es la parte en la que la mayoría de las personas se estanca; sin embargo, es Dios quien ve aquello que necesita ser desechado o purgado en nuestro interior. Por favor, no malinterpreten lo que digo. Considero útil y necesario que todos creamos y practiquemos las mismas cosas; no obstante, Dios ve las partes más escondidas de nuestros corazones —aquellas de las que tal vez ni siquiera nosotros mismos somos conscientes— que podrían no estar en plena armonía con Él.

Por ejemplo, a menudo nos preocupa cómo sonamos, cómo nos vemos o cómo nos sentimos, cuando deberíamos preocuparnos por lo que el Espíritu piensa, dice y sabe. Dudamos de Su voz. Cuestionamos Su voz apacible y delicada. Nosotros, mis amigos, estamos un poco desafinados si actuamos de este modo. Deberíamos ser honestos, como Isaías, y decir, “Ay de mí.”

Iglesia, me temo que nuestro proceder a sofocado al Espíritu; lo ha extinguido. Nos hemos conformado con algo inferior a lo mejor de Él. Jamás recibiremos las bendiciones plenas de Dios con esta actitud. Jamás alcanzaremos la perfección. Jamás veremos la Casa llena. Jamás experimentaremos el estado de los 120 en aquel bendito Día de Pentecostés: el de estar plenamente unidos en un mismo sentir. ¿Por qué? Porque nuestro enfoque está puesto en nosotros y en nuestra pequeña y única cuerda de piano, y no en Él y en el piano entero.

Sí, es posible que recibamos un goteo de bendiciones, pues creo que nuestro Padre sabe que nos estamos esforzando; pero ¿acaso no pueden oír al Espíritu decir: «¡Prepárense! ¡No tienen tiempo que perder! ¡Sintonicen!»?

Inmediatamente después de que se le presenta la propuesta a Isaias, se le plantea una pregunta. “¿A quién enviaré, y quién nos irá?” (Isaias 6:8). Es como si le preguntaran: "¿Puedo tocarte ahora, Isaías?". Él responde rápidamente diciendo: “Heme aquí, envíame á mí.!” Isaías no espera a recibir más confirmación ni a sentir otra punzada en el corazón. No espera a que se cante otro coro ni a que el pastor abra el altar. No espera a que alguien marche portando una bandera. No espera a que Dios lo levante físicamente y lo transporte. No espera a que el hermano Fulano o la hermana «Tan-Santa» le confirmen que es él quien debe ir. No espera a ser asignado a un comité. No espera a que alguien le pida disculpas. No espera a ver una señal escrita en la pared. No. Isaías simplemente dice: «Aquí estoy. Aquí estoy. Puedes usarme, Señor. Estoy listo para trabajar por tu causa y hacer música hermosa». Algunos de nosotros necesitamos que el Espíritu Santo tome nuestras cuerdas en Sus manos.

La idea de estar unánimes comienza con una sola persona, tal como comenzó de manera singular con Isaías. Una vez más, Pablo dice:, “ Cumplid mi gozo; que sintáis lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.” (Filipenses 2:2). Todo empieza contigo. ¿Estás listo para tocar música? ¿Con quién comenzó todo en Pentecostés? Hechos 2:1 nos dice “Y COMO se cumplieron los días de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.” Todos corrían al unísono esperando la Promesa.

¿Están listos? Creo que nos estamos preparando para estar en un mismo sentir. Mis ideas realmente no importan. Mis opiniones pueden ser un obstáculo. ¡Mi camino no es el único camino si no se alinea con Su camino! Hechos 2:2 dice: “Y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados.” Esto era la Iglesia primitiva, a la que se le preguntaba —tal como a Isaías—: «¿Vas a responder?». Los 120 estaban listos. “Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos.” (Versículo 3). ¿Por qué? Porque avanzaban apresuradamente al unísono; estaban unánimes. “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron á hablar en otras lenguas, como el Espíritu les daba que hablasen.” (Versículo 4). Todos estaban llenos. Ni una sola persona quedó fuera. Todos estaban dispuestos a responder y a dejarse tocar; y, gracias a ello, ¡qué sonido! ¡Qué momento!! “46 Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y con sencillez de corazón,47 Alabando á Dios, y teniendo gracia con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día á la iglesia los que habían de ser salvos.” (Versículos 46, 47).

¿Qué sucedería en nuestras escuelas dominicales, en nuestras iglesias locales, en nuestros estados y naciones si todos nosotros respondiéramos, de buena voluntad, al mover del Espíritu cada día? Todos somos diferentes y únicos, y hemos sido hechos de manera asombrosa y maravillosa; pero cuando todos nos mantenemos firmes y atentos para que el pianista de concierto nos haga sonar al unísono, es entonces cuando todo cambiará; es entonces cuando estaremos en perfecta armonía. Estoy listo para hacer música hermosa, iglesia. Estoy listo para estar en perfecta armonía, con cada cuerda afinada en el mismo tono.